domingo, 26 de noviembre de 2006

CONTRA EL LOGOCENTRISMO I

El libro como dominación

“Al principio era el logos y dios estaba en el logos y el logos era Dios”Juan.Alcen la mano quienes leyeron alguna vez esta misteriosa frase. Alcen la mano ahora quienes la oyeron con igual asombro. El pueblo judío es el pueblo de la escritura por excelencia. Fueron ellos quienes elevaron el texto a niveles hieráticos, sagrados. A Moisés – fiel a lo dicho– podría reconócesele como al primer editor de la historia occidental al transcribir los 10 mandamientos dictados por Dios en una piedra y con claros con fines publicitarios. Dicen de él que poseía todas las virtudes menos el don de la locuacidad. Dicen que por eso su pueblo descreía de sus continuos encuentros con Dios y que en atención a esto la voz celestial (la razón inhumana) devino en acta, en contrato. Desde esos tiempos y con la expansión de occidente el “impreso” ha sido el símbolo de la verdad, de lo incontestable ( y de la dominación). No es causal que el primer libro que se imprime en el inventito de Gutenberg es la “Sacra Biblia”. El libro desde estos orígenes tan remotos ha sido y es una bisagra entre la gnosis suprema y la sed intelectual … una bisagra que el pueblo judío impuso por las buenas y por las balas en detrimento de otros artificios, de otras culturas.
Es verdad que desde la agreste gaceta de Moisés , pasando por la mecánica Gutenbergiana y aún por la virtualidad robótica de nuestros días; la tecnología y los modos han variado un montón. Pero nunca el negocio, ni mucho menos los motivos del negocio. Los criterios editoriales se rigen por los mismos esquemas ideológicos. La cultura occidental se expandió hace 514 años a este continente a través de las armas y la imposición cultural –territorio y alma eran sus metas. Y es incalculable tanto el número de vidas humanas que tuvo que invertir el destino, como la riqueza cultural venida a menos. Allí donde muere una persona muere una conciencia de mundo. Pero si es verdad eso de que el mundo es mundo por su diversidad, por nuestra incapacidad de numerarlo, también lo es que donde mueren un ser o dos, tres, decenas, cientos o miles… muere el mundo en sí.

Uno de los grandes crímenes de la monocultura occidental ha sido desde entonces los continuos ecocidios y etnocidios. Convengamos: allí donde desfiló la corona, el evangelio y la civilización, no hubo espacio para otras visiones de la realidad. Símbolos de la conquista son por ello: la espada, la cruz y –sí, digámoslo: el libro. Tres elementos desconocidos hasta entonces por los abuelos de los abuelos de nuestros abuelos. Los pueblos indígenas que habitaron estos territorios desde –por lo menos– 3.500 años sostenidos por una racionalidad distinta a la que bajó de los barcos; no precisaron del texto escrito, del impreso, para salvar el conocimiento ancestral de la voracidad del tiempo ni para re-crear nuevas estéticas, éticas o políticas. Para sustentar la cosmovisión que los unía al mundo de los vivos, al mundo de los muertos, al polvo y a las estrellas; para generar una filosofía, una religión, una historia y una literatura, bastóles el cuento vivo, la anécdota antigua o la canción en la voz hermana de los ancianos. 514 años después, destruidos la mayoría de los idiomas autóctonos, culturas, y racionalidades ancestrales; sustituidos por otra subjetividad incapaz de convivir en las diferencias…y con ellas; la escuela monoteísta, monárquica y logocéntrica[1] se muestra como única forma legítima y científica de conocimiento y el libro como único contenedor de saberes. Lo demás que fue desechado, sustituido, sobrevive negado. Estamos hablando de una historia que no termina: de dominados y dominadores, pero esta vez lo hacemos como prefacio para comenzar a hablar de la otra historia: la de la resistencia que se lee no en los libros, por cierto, sino en la inmoribles voz de este largo camino.



[1] Abusaremos de este término alejándolo de su sentido estrictamente etimológico. Acá lo empleamos para referirnos al logos bíblico que, según el mito, hace parte de la voz suprema, alma y acción de Dios.